jueves, 15 de diciembre de 2016

insecticida natural

        Hace años vivíamos en un viejo bajo, de un arcaico edificio, de un tradicional barrio, que tenía acceso a un amplio pero vetusto patio de luces. 
        El patio de mi casa no era particular, pero cuando no llovía había que limpiarlo, como los demás.
Lo usaba para trabajar en mis pinturas.

         Carmen, la señora viuda del segundo, solía tener un ojo muy crítico con mi obra pictórica. Básicamente porque la mujer ya no veía muy bien, y desde un segundo, todo le parecía bonito. Sus comentarios me elevaban mucho el ego, hasta que un día me felicitó por el retrato que estaba pintando… realmente se trataba de una moto. Con el tiempo llegaría a felicitarme por los chorretones de pintura derramados en la mesa de trabajo. Fue ahí, cuando empecé a perder contacto. 

         De cuando en cuando, la vecina del tercero se arreglaba como para ir de boda y bajaba a por su bragas de leopardo que accidentalmente se le caían del tendedero… qué mal cálculo el de aquella mujer.

         Una peluquera de Mondoñedo que conoció muy de cerca a O Rey das Tartas ––Don Carlos Folgueira–– y el hijo de un cristalero de Alpedrete que un día atravesó uno de los tabiques de nuestro salón dormitorio para incrustar una estantería.  

        Eran pilares, todos ellos, fundamentales de aquella convivencia tan añorada y divertida que bien podría funcionar como serie televisiva.

         Y es que el patio de mi casa era comunal, cuando llovía se mojaba más que los demás…
Esa era la mayor preocupación de Felix, un bombero retirado. La de tener limpio el desagüe con la llegada de las tormentas de verano.

        Un desagüe central y algunas grietas desde donde, en las noches de verano, parecía emanar todo el censo de cucarachas de la ciudad de Madrid.

          La humedad por las cercanías del Manzanares, el calor bochornoso que se acumulaba entre aquellas cuatro paredes y suelo de hormigón, era un auténtico paraíso para estos insectos que, aunque necesarios, son ciertamente indeseables cuando te ves obligado a convivir con ellos.
Recuerdo haber probado toda la química a mi alcance con aquellas plagas. Huelga decir que no se dejaban restos orgánicos a su alcance. 

          Los "cortafuegos" con ácido bórico, los sobrepasaban con gran facilidad; las trampas, las utilizaban con bungalows vacacionales; el Raid para ellas no dejaba de ser un desodorante; el Cucal parecía ponerlas aún más cachondas y las quemas controladas con gasolina, solo quemaban el ánimo de los vecinos ––no menciono al bombero––. Otros polvos mágicos y tóxicos que había que echar con guantes y mascarilla, hicieron el mismo efecto que la levadura o maicena. 

         Los  mejores resultados eran los baños de lejía, pero aún así, aquellas asquerosas mutantes seguían a lo suyo siendo nosotros los intoxicados. Llegue a verlas comer cartón y tablero de DM.
Hasta que un buen verano, aquellas compañeras estivales desaparecieron sin más. 

––¡Dani! ¡Dani!… ¡Hay un lagarto muy feo en el patio!

         Salí armado con un cuchillo pensando que Gotzilla intentaba aprovecharse de mi mujer y, cuando ya estaba metido en el papel para protagonizar la secuela de San Jorge y el Dragón, descubrí que se trataba de una salamanquesa.
         Ahora atábamos cabos y empezábamos a entender la ausencia de cucas. En las siguientes noches pudimos comprobar que no era una, sino 3 salamanquesas: papá, mamá e hijita, las que velaban por nuestro bienestar al mismo tiempo que se ponian hasta las trancas.
Habían convertido aquel patio en un buffet libre, y nosotros, tan contentos. 

         Desde entonces, tanto mi mujer (aprensiva a los reptiles), como yo, nos hemos encariñado con estos simpáticos animalillos. Su apasionante morfología, los hace capaces de "trepar" por superficies pulidas como el cristal, dando la sensación que la gravedad parece no afectarles en absoluto, viendo como se pasan horas inmóviles anclados al techo a la espera de un bicho que llevarse a la boca.

         Sé que su aspecto no deja de ser monstruoso. Amplificado por nuestra cultura de cuentos y películas reptilianas, hace verlos de una forma un tanto repulsiva, incluso peligrosa, pero nada más lejos de la realidad. Las salamanquesas o gekkos son una de las especies animales más inocuas y beneficiosas con los que podemos convivir en zonas urbanas, a veces sin tan siquiera percatarnos de su presencia. Un insecticida natural sin toxicidad ni efectos secundarios que nos libra de arañas, moscas, mosquitos, polillas… y las tan odiosas cucarachas.

         Con la llegada del frescor inminente del otoño, aquella familia abandonó el patio de luces. No es broma, vimos como las tres salamanquesas trepaban por una de las paredes para, a saber dónde, abrigarse del invierno.


Sé de alguna a la que se le escapó una lagrimita, como aquel día que nuestra cría de vencejo emprendió el vuelo… pero esa es otra historia de las sucedidas en aquel patio de luces.

2 comentarios:

  1. Ponga, por Navidad, una salamanquesa en su mesa; que dónde comen tres, comen cinco, o seis... :)´

    El mejor insecticida multiusos, salvo que durante el tiempo frío duermen :))´

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  2. sәɯnɔ sәlәnbɐu sᴉɐɯ ә 'ollɐɹɐɔ op oᴉɹɟ un ᴉɐɟ әnb
    ´(: әʇәsɐzәp lᴉɯ snop oʌou uoq ә 'әsәɐɯ 'әpnɐs

    sɐᴉɹɔ ɐƃuәʇ o soṵɐ soɥɔnɯ әɹnp әnb 'uᴉɟ uә

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