viernes, 18 de julio de 2014

La Gata de Madrid


    Estaba trabajando con el ordenador en plena oscuridad y a altas horas de la madrugada cuando oí como el estor de la ventana abierta se movía dando un golpe seco.
Me levanté y fui a mirar. 
Ha debido de ser la brisa, me dije, es de agradecer con este buen tiempo (CALOR INSOPORTABLE). Las chicas dormían y la oveja que nos vendieron como perro también. Así que volví al estudio a continuar peleándome con el nuevo sistema operativo de MAC.

    No pasarían más de 20 minutos cuando volví a oír otro extraño ruido; alguien se ha levantado¿?... pero no,  todos dormitaban a pierna suelta y la oveja que nos vendieron como perro refrescaba sus pelotas sobre el suelo de terrazo del armario como es habitual.

     Ya con el tercer sonido extraño, me dispuse a escanear la casa, escoba en mano. Mi paranoia era que las cucarachas de este año, hubieran mutado de tal forma que su peso se multiplicara por diez. Por un momento temí por la vida de mi familia y la mía propia.
     Encendí la luz del estudio, taller, garaje, cueva... y en una secuencia que me recordó mucho a Alien (el octavo pasajero), algo se cruzó rápidamente en mi camino. Pero nada más lejos... mi tipito en calzoncillos con una escoba, no se asemeja en nada al de la teniente Ripley (Sigourney Weaver) en braguitas y con un lanza llamas. Y lo que debería ser un Alien asqueroso, era un lindo gatito... bueno, gatita.

    Mi primera reacción fue la de vestirme, pero no por pudor ante la gata si no para abrir la puerta de la calle y echarla. Pero al ver su raza tan exótica y lo dócil que se volvió en el momento de cogerla, me di cuenta de que aquel minino se había escapado de alguna casa. Decidí esperar al día siguiente y ver lo que hacíamos para buscar a sus dueños.

     Por la mañana después de la eufórica presentación familiar, sobre todo con la oveja que nos vendieron como perro, salimos a preguntar por el vecindario sin resultados concluyentes. 
Al medio día decidimos acercarnos al veterinario para ver si el animal tenía chip... pero nada. Aprovechamos para comprarle algo de pienso, ya que nuestro ofrecimiento de sardinillas Hacendado no pareció gustarle en absoluto... se le veía muy fina y no es para menos... su raza Snowshoes es tan selecta que ni los propios licenciados de veterinaria la conocían.

     Ya a la tarde y después de consultar con todos los amantes de los animales de la zona, decidimos colocar carteles. Diseñé algo sencillo y directo, en formato A5 apaisado:
 Encontrado gato 
raza SnowShoes
Nº teléfono. 

     Para la tipografía elegí una Arial Black para el enunciado y Arial regular para el Nº de teléfono. Algo muy minimalista pero con mucha más clase que otro cartel, también colocado por el barrio, de un "loro perdido de cabeza roja y cola gris" en una horrible "Apple Chancery" y en cursiva.  Y es que aunque los momentos sean tan dramáticos, nunca deberíamos perder la compostura y menos el estilo.

     Habían pasado unas 24 horas y yo había congeniado a la perfección con aquella gata sintética, su horario era nocturno y quizás por eso me había elegido a mi. Se afilaba las uñas con sutileza en el respaldo del sofá IKEA y cuando me ponía a trabajar andaba cual duende entre teclados, ordenadores y material fotográfico. Tenía ya su lugar predilecto en mi taller... entre los cascos de moto y en todo lo alto. 
     Cuando empezábamos a dar por sentado que aquello era uno de tantos abandonos veraniegos, recibí una llamada muy certera en la descripción y momento de la desaparición, así como en la alegría de los interlocutores al confirmárselo.
     Para asegurarme les pedí que, antes de entregarles la gata, me tendrían que mostrar una foto de la misma. Algo muy simple y más efectivo que si fuésemos nosotros los que divulgásemos la foto... 
...y su dueño apareció a los pocos minutos por la puerta; Sofocado y con la mirada perdida me mostró en su móvil a la gatita, la misma que no le hizo ni puto caso en el momento que se la entregué en sus brazos.

     Aunque no lo reconocí, tuve un ligero nudito de garganta. Y es que siempre he tenido debilidad por las gatas de Madrid, por su belleza, sutileza e independencia... y ella también lo sabe. 

1 comentario:

  1. Donde el símil acaba empieza la gran sutileza. Qué bueno.
    ¿Pero ni la merina que ties como perro se enteró?
    Un relato espeluznante, al menos inicialmente. :)´

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