miércoles, 19 de febrero de 2014

Tom, el Gato Montés


fue allá por los principios de los 80 cuando Manolito, el mayor de los gamberros antinatura de la zona, apareció a las puertas de la casa de mi tía con un cachorro de gato. 
Habían encontrado una madriguera en pleno monte lucense y es más que probable que solo sobreviviera aquel que traía entre sus manos y la de sus amigos de pandilla.
Mi tía Chefa siempre ha sido amante de los animales y no dudó en arrebatárselo de las manos para así librarlo de una muerte segura. Su primera intención no era la de adoptarlo, pero con el tiempo y a medida que el gato empezaba a crecer. Los lazos emocionales y sobre todo el afán por proteger la vida del animal hicieron de Tom (por Tom y Jerry) su primera mascota.

Tom alcanzó un enorme tamaño, su pelaje empezó a crecer más largo de lo normal para cualquier gato (de por aquel entonces que todavía no había razas exóticas). Sus tonos y dibujos atigrados y realmente oscuros, fueron sus ojos verdes los primeros que vi brillar en la oscuridad... me inquietaban verlos espiarme en las escaleras de la casa. Creo recordar que sus orejas terminaban con un corto mechón negro en sus puntas (cual lince) y su enorme y gruesa cola lo hacían destacar e imperar sobre el resto de los felinos de la zona. Por los alrededores nunca se volvería a divisar un ratón ni tampoco perro desconocido...Tom era un Gato Montés.
Pero se adaptó a aquella casa y a vivir entre humanos... en cierto modo.
Mi tía, exceptuando cuando era un cachorro, nunca lo pudo coger en brazos y cuando alguna vez lo intentó sus zarpas se encargaban de recordarle su procedencia silvestre . Salvo aquella vez que apareció completamente cubierto de alquitrán; había llegado a ciegas a casa y mi tía con esmero pudo recuperar su pelaje y abrirle los pegajosos ojos y orejas poco a poco con baños de aceite y jabón. Nunca supimos cual pudo ser su agónica aventura; es posible que alguna obra cercana.
Algunos fines de semana me quedaba en su casa y a aparte del trato de mi tía, que me tenía a cuerpo de rey, disfrutaba jugando con aquel felino. Siempre manteniendo las distancias y cuando los tres estábamos a solas. Tom huía al oír cualquier visita. Pero mientras disfrutábamos de nuestra grupúscula soledad, sobre todo a la hora de dormir, Tom llegaba a ronronear... pero aquello no era un ronroneo de gato, era algo diferente. 
Duraría unos 7 u 8 años, los suficientes para dejar un mestizaje genético por la zona. Medio ciego y con sus orejas perforadas por algún balinazo del cabrón de Manolito delataban una larga vida que mi tía le procuró fuese lo más feliz. 
Una noche no volvió a casa, es posible que se fuera a morir a aquel monte de donde vino... prefiero pensar eso.
Aquel animal me hechizó por completo, su independencia e imposible domesticación me marcarían de por vida para sentir una predilección especial por los felinos. 
Hasta el punto que 30 y pico años después una foto de David Álvarez me ha recordado esta historia.
Inspirándome en ella y hurgando en recuerdos ha salido un retrato robot de aquel Gato Montés. 
Es una alegría saber que todavía existen ejemplares por los bosques y montes del norte, que aquel Manolito (uno de tantos) no llegó a liquidarlos a todos.

3 comentarios:

  1. Es impresionante el arte que tienes dibujando. Creo que nunca lo había visto.

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  2. Pues no has visto sus retratos. Una pasada

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  3. No sólo retratos, paisajes y todo tipo de murales, pro no hablar de los croquis
    sobre inventos...Una especie de Leonardo actual. Un tipo del Renacimiento.
    De ahí ese otro con un ojo perdido.
    Un gato muy cósmico...
    [Manu, contestar en tu blog o realizarte preguntas se hace difícil
    y además perdí tu correo y ahora cuando surgen dudas no hay forma
    de preguntarte sobre esos asuntos en los que eres especialista]
    Breves saludos

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