miércoles, 22 de febrero de 2017

la cagalera de mi perro, una explosión primaveral


Sí, está mal. Y no se trata de nerviosismo por que vaya a exponer su obra en ARCO
Ha tenido que ser algo que ha comido, pero es difícil adivinar qué por la gran variedad de su dieta. No creo que fuera nada en mal estado, ya que el muy sibarita no come sobras; tiene que ser fresco del día y sin recalentar; siendo así le vale casi todo. Y claro es un pozo sin fondo, un agujero negro que lo único que hace es engullir materia y ahora toca sacarlo cada cero coma, para que su horizonte de sucesos no reconfigure la geometría de nuestra alfombra persa de Suecia.

Entre paseo y paseo, he descubierto que la primavera empieza a hacer acto de presencia y mientras espero que el can haga de vientre, veo pequeños detalles de vida que casi pasan desapercibidos alrededor de un pequeño almendro. Resulta increíble que en tan solo unos metros cuadrados de verde en la ciudad, ocurran tantas cosas.
una abubilla que pensé que estaba herida, pero no. Quieta, inmóvil a lo maniqui challenge, creo estaba convencida de que su camuflaje la hacía invisible y me aproveché de su confianza.

flores del pequeño almendro
visitadas una y otra vez por zánganos insaciables
y al acecho de tan dulce manjar zancudo, un joven petirrojo se esconde.

Mirlo en cortejo. O eso creo con la mirla

jilgueros en bandada a falta de gorriones ¿dónde están?

en fin… que bien pudiera ser el trabajo de algún safari, en un país lejano, de varios meses de hidden ––por aquello de encarecer el producto–– pero no, todo ello sucedía en el pequeño parque de enfrente, mientras mi pobre mascota seguía purgando a rienda suelta.

domingo, 19 de febrero de 2017

Construcción de una cámara de Gran Formato II

después de más de un año de aquel fatídico encontronazo con el germen del Gran Formato, he sacado a delante mi primer prototipo serio. 
Un año de estudios intercalados dan para mucho, pero la construcción física de una cámara hacen comprender toda esa teoría en un par de días. Y es que si algo tiene de bueno la ignorancia, es la valentía que suele traer implícita; las hostias que te metes con el aprendizaje empírico, suelen quedar mejor registradas que horas de estudio sobre papel y pixel. Sobre todo para un cerebro tan castigado como el mío.
fuelle: una caja de cartón plegada y pintada con mucho amor.
estructura: restos de una cama tipo palé de Ikea y bastidores varios.
tren de enfoque y base: rieles de una mesa plegable (las redondas de toda la vida) 
pantalla de enfoque: Polimetilmetacrilato… plástico lijado
todo ello conseguido en los contenedores de basura más selectos
… más unos tornillos, pintura negra y algo de cinta americana nacional, han logrado este punto de partida sobre el que empezar a trabajar.
Me he ido a un respaldo (sensor) de 51x51 cm o 20x20 pulgadas, otro alarde de ambición del ignorante que no tiene lentes para ello.
Se hace muy extraño cambiar el chip y que de repente, una lente de 450mm se convierta en un ultra angular, un equivalente a 14mm en formato de 35.
Quedan por solventar muchos problemas pero, como ya he dicho, ya tengo un punto del que partir.

Como primeras muestras, unos retratos que para nada hacen justicia a la bella y paciente modelo. Un 700mm sigue siendo un angular que sigue deformando en cierto modo las facciones. El añadido de que las fotos son reproducciones directas de la pantalla de plástico lijado, acaban por ocultar la calidad de la imagen e impiden apreciar la escasa profundidad de campo; uno de los múltiples encantos que hacen este tipo de cámaras muy valoradas para el retrato. Por otro lado el aire pictórico que adquieren de esta forma las imágenes así fotografiadas, tiene su aquel.

jueves, 2 de febrero de 2017

Orión no lleva tirantes

El Puerto de Navacerrada ––y creo que me repito–– es de esos lugares donde si no te gusta su clima, tan solo has de esperar cinco minutos.
El problema es cuando su clima sí te gusta y pasan esos cinco minutos sin darte tiempo a extender el trípode. En invierno, este amor odio, se potencia con sus nevadas y has de aprovechar cada sesión sabiendo que puede ser la primera y última noche en blanco del año.
Eso, si vas con una idea preconcebida, pero lo mejor es ir abierto a todas la posibilidades, y aquí sí me repito.


En ocasiones, las máquinas de las pistas, te dan pistas al fabricar para ti nubes de hielo cubriendo Siete Picos y al mismísimo Orión hasta la cintura. La naturaleza te brinda su sombra e inclina los árboles para ocultar la desmesurada luz artificial, al mismo tiempo que la congelación bloquea los anillos de enfoque y diafragma, haciendo crujir el objetivo junto con tu cerebro repleto de absurdas ideas. Este tipo de situaciones límite para un montañero de pacotilla, molan. Porque, al borde de la hipotermia, te vuelves un autómata que solo tiene que acordarse de pulsar el obturador y en qué bolsillo de las tres capas de ropa ha metido las putas llaves del coche. De lo primero nunca me suelo olvidar…pero "sorna" con gusto, no pica. Bueno, un poco, pero solo al descongelarse.

...5 minutos después

lunes, 30 de enero de 2017

cantando tres ánades, madre



Por charco inmundo de la Rivera*, 
paseo, canto y río por el Madrid.
¿Charco inmundo? su boca, señora.
A espera de nutrias, ya vi algún martín.


Peces y aves empiezan a repoblar el río Manzanares a su paso por Madrid.
Esperemos que su caudal y flujo de vida,  también empiece a llevarse tantas ideas estancadas.

domingo, 22 de enero de 2017

la niña a la que no dejaban ver las estrellas

Postreábamos un pitillo mi cuñado y yo, en la entrada de un italiano regido por un argentino que hablaba de gallegos y sevillanos, y de unos formatos de película muy interesantes donde no me atreví a entrar en conversación por timidez y sus interlocutores no supieron continuar por desconocimiento. Con el sabor aún en la boca de la empanada criolla, vimos salir a una niña de apenas seis años que, como hipnotizada, se quedó en la acera mirando al cielo. Acto seguido su madre, salió por la puerta con cara de "no te hostio porque hay gente delante", arrastrándola por el brazo de nuevo dentro del local. Entre sollozos de la cría la conversación sonó tal que así:
––Déjame… ¡quiero ver las estrellas!
––Te he dicho que hace mucho frío y que no salgas fuera.
––Pero mamá... quiero ver las estrellas!!!!

Mi cuñado y yo, nos miramos sorprendidos por un berrinche de tal magnitud a pesar de que el seeing no era muy bueno.

Finalizado el pitillo volvimos a dentro, viendo como la niña se había sentado en una silla en el centro del bar, alejada de su familia con sus pucheros y lagrimones inundándolo todo.
Me se partió el alma

Mi timidez me impidió de nuevo hablar cortésmente con la madre. 
––Señora… cojones… póngale el plumas a la niña y déjele ver las estrellas. 

Porque todos sabemos de berrinches, pero conozco pocos tan enternecedores como el pedir poder ver las estrellas. Y aunque tenga aires  metafóricos, la historia fue real. 

En cierto modo muchos nos sentamos y sentimos como la niña de aquella silla porque nos han dicho que iluminar la noche a cañón es lo correcto, los más cómodo y rentable para los mismos. Y estos días de tanto frío lo estamos comprobando. Apagar si no puedes y a pagar si es lo que quieres necesitas.
Y es que ésta querida España nuestra, es bárbara!!!


jueves, 19 de enero de 2017

una noche en el Planetario de Madrid

ya era 2017 y esperando aquella odisea de Kubrick miraba los tránsitos mudos de la Estación Espacial Internacional. Después de un año de escasez, se me presentaban muy buenas oportunidades para estos días y fue uno, que casi coincidía a la puerta de casa, el que me llamó la atención. 
Su eje central, pasaba justo por encima del Planetario de Madrid. 
A sabiendas que la cosa era muy prematura ––muchos días faltaban aún y algún encendido de motores, para el día 20 de enero–– me puse en contacto con César González para darle el aviso y preguntarle si habría posibilidades para usar el telescopio que el propio Planetario tiene en a torre de su observatorio. Cesar, muy amablemente, me ofreció junto con la directora del Planetario Asunción Sánchez Justel, la posibilidad de pasar una noche de observación y utilizar el telescopio para el tránsito de la Estación Espacial. 
Pocos días después quedé con César y Emilio Gálvez para que me mostraran la torre del observatorio y el funcionamiento del telescopio. 
Un refractor Coudé Carl Zeiss Jena de 150mm de abertura y una focal de 2250mm. Algo que impone a primera vista pero que, con las explicaciones de César y Emilio,  rápidamente entendería su manejo. No hay nada como sentir el movimiento manual de un aparato así, para lo que ciertamente se requiere de una buena forma física. 
Mi gozo acabaría en lo más profundo de un pozo, cuando al llegar a casa y echar un vistazo a Caslky, el eje se había desplazado cerca de 4 km. 
El planteamiento de mover el telescopio, no era muy recomendable y llamar a la ISS para corregir su órbita…  pues tampoco creo que prosperase como idea. Así que dando por perdido ese tránsito lunar, adelantamos la sesión para el día 17, donde la ISS hacía un pase iluminado (-3.5 mag.) a las 7:30 de la mañana próxima a la estrella Arturo. 
El cielo estaba despejado y, emocionado, me presente a las 0:00 para aprovechar hasta el último segundo de aquella noche en que las temperaturas cayeron en picado. 

Teniendo muy claro que la ciudad Madrid no es el mejor cielo para la observación y menos para la astrofotografía, me llevé un disgusto al comprobar que el seeing era realmente pésimo. Aun así continué con mi "plan de ruta" hasta el punto de quedarme en camiseta cuando las temperaturas rondaban los cero grados, y es que mover este pequeñín, junto con la cúpula, tiene su aquel. 
No hubo tregua, salvo para algún sorbito de café mientras captaba la Nebulosa de Orión, así como hacer unas fotos de la cúpula y desde la cúpula.



Júpiter prefiero no mostrarlo, aunque sí algunas zonas del terminador lunar donde se intuye lo que este Zeiss puede hacer en buenas condiciones.

Pues llegado el momento de tránsito de la ISS, la suerte tampoco estuvo y un error de cálculo de órbita, quiso que la Estación pasara fuera del campo visual donde apuntaba con el telescopio. Un exceso de confianza, hizo que colocara una barlow pasando de 2250mm a 4500mm lo que, lógicamente, limitó el campo visual. 
He llegando a pensar incluso que la ráfaga de 6 fps no fueran suficientemente rápidas y dos capturas de la ISS quedaran justo al borde del fotograma. Tampoco me decepcionó tanto la pérdida, ya que visto el estado del cielo, la definición de tan solo una foto (en el mejor de los casos 2), habría sido muy pobre . Descartado queda, para mis conocimientos (y forma física), hacer un seguimiento en manual con este telescopio. Me quedaré con la duda o quizás en un siguiente intento.
Lo que sí me llevo, es una noche inolvidable gracias al Planetario de Madrid y de la que les estaré eternamente agradecido. Gracias por vuestra confianza.


jueves, 15 de diciembre de 2016

insecticida natural

        Hace años vivíamos en un viejo bajo, de un arcaico edificio, de un tradicional barrio, que tenía acceso a un amplio pero vetusto patio de luces. 
        El patio de mi casa no era particular, pero cuando no llovía había que limpiarlo, como los demás.
Lo usaba para trabajar en mis pinturas.

         Carmen, la señora viuda del segundo, solía tener un ojo muy crítico con mi obra pictórica. Básicamente porque la mujer ya no veía muy bien, y desde un segundo, todo le parecía bonito. Sus comentarios me elevaban mucho el ego, hasta que un día me felicitó por el retrato que estaba pintando… realmente se trataba de una moto. Con el tiempo llegaría a felicitarme por los chorretones de pintura derramados en la mesa de trabajo. Fue ahí, cuando empecé a perder contacto. 

         De cuando en cuando, la vecina del tercero se arreglaba como para ir de boda y bajaba a por su bragas de leopardo que accidentalmente se le caían del tendedero… qué mal cálculo el de aquella mujer.

         Una peluquera de Mondoñedo que conoció muy de cerca a O Rey das Tartas ––Don Carlos Folgueira–– y el hijo de un cristalero de Alpedrete que un día atravesó uno de los tabiques de nuestro salón dormitorio para incrustar una estantería.  

        Eran pilares, todos ellos, fundamentales de aquella convivencia tan añorada y divertida que bien podría funcionar como serie televisiva.

         Y es que el patio de mi casa era comunal, cuando llovía se mojaba más que los demás…
Esa era la mayor preocupación de Felix, un bombero retirado. La de tener limpio el desagüe con la llegada de las tormentas de verano.

        Un desagüe central y algunas grietas desde donde, en las noches de verano, parecía emanar todo el censo de cucarachas de la ciudad de Madrid.

          La humedad por las cercanías del Manzanares, el calor bochornoso que se acumulaba entre aquellas cuatro paredes y suelo de hormigón, era un auténtico paraíso para estos insectos que, aunque necesarios, son ciertamente indeseables cuando te ves obligado a convivir con ellos.
Recuerdo haber probado toda la química a mi alcance con aquellas plagas. Huelga decir que no se dejaban restos orgánicos a su alcance. 

          Los "cortafuegos" con ácido bórico, los sobrepasaban con gran facilidad; las trampas, las utilizaban con bungalows vacacionales; el Raid para ellas no dejaba de ser un desodorante; el Cucal parecía ponerlas aún más cachondas y las quemas controladas con gasolina, solo quemaban el ánimo de los vecinos ––no menciono al bombero––. Otros polvos mágicos y tóxicos que había que echar con guantes y mascarilla, hicieron el mismo efecto que la levadura o maicena. 

         Los  mejores resultados eran los baños de lejía, pero aún así, aquellas asquerosas mutantes seguían a lo suyo siendo nosotros los intoxicados. Llegue a verlas comer cartón y tablero de DM.
Hasta que un buen verano, aquellas compañeras estivales desaparecieron sin más. 

––¡Dani! ¡Dani!… ¡Hay un lagarto muy feo en el patio!

         Salí armado con un cuchillo pensando que Gotzilla intentaba aprovecharse de mi mujer y, cuando ya estaba metido en el papel para protagonizar la secuela de San Jorge y el Dragón, descubrí que se trataba de una salamanquesa.
         Ahora atábamos cabos y empezábamos a entender la ausencia de cucas. En las siguientes noches pudimos comprobar que no era una, sino 3 salamanquesas: papá, mamá e hijita, las que velaban por nuestro bienestar al mismo tiempo que se ponian hasta las trancas.
Habían convertido aquel patio en un buffet libre, y nosotros, tan contentos. 

         Desde entonces, tanto mi mujer (aprensiva a los reptiles), como yo, nos hemos encariñado con estos simpáticos animalillos. Su apasionante morfología, los hace capaces de "trepar" por superficies pulidas como el cristal, dando la sensación que la gravedad parece no afectarles en absoluto, viendo como se pasan horas inmóviles anclados al techo a la espera de un bicho que llevarse a la boca.

         Sé que su aspecto no deja de ser monstruoso. Amplificado por nuestra cultura de cuentos y películas reptilianas, hace verlos de una forma un tanto repulsiva, incluso peligrosa, pero nada más lejos de la realidad. Las salamanquesas o gekkos son una de las especies animales más inocuas y beneficiosas con los que podemos convivir en zonas urbanas, a veces sin tan siquiera percatarnos de su presencia. Un insecticida natural sin toxicidad ni efectos secundarios que nos libra de arañas, moscas, mosquitos, polillas… y las tan odiosas cucarachas.

         Con la llegada del frescor inminente del otoño, aquella familia abandonó el patio de luces. No es broma, vimos como las tres salamanquesas trepaban por una de las paredes para, a saber dónde, abrigarse del invierno.


Sé de alguna a la que se le escapó una lagrimita, como aquel día que nuestra cría de vencejo emprendió el vuelo… pero esa es otra historia de las sucedidas en aquel patio de luces.